domingo, 18 de octubre de 2009

Historias por la avenida de los desencuentros III


Iba saliendo de la facultad luego de un día acortado por quienes se decidieron a hacer de los viernes un cuasi sábado. Bastará con decir que era un viernes cualquiera. No tan cualquiera como para dejarlo pasar, era un viernes de esos que saben a libertad enclaustrada. De esos mismos que parecen la antesala de la epítome existencial, pero que terminan siendo un cuarto más lleno de espejos.

Pero iba caminando, de eso estoy seguro; lo demás caía por su propio peso sin ser empujado sobre mi discernir: la gente paseando su vida por la calle, los perros siendo perros, el viento soplando indistintamente y llevándose consigo las últimas sobras del invierno. Lo demás comparado con mi caminar era pasajero, incluso las intersecciones de la avenida Pellegrini que iba cruzando sin reparar mucho en ello. Es por ello que estaba seguro que caminaba.

Al llegar al cruce de una calle, la cual no puedo recordar en estos momentos (total es pasajera), algo distrajo mi atención, por lo que me detuve. Un niño se encontraba a media calle de frente a los autos con un bolo en su mano y el semáforo en rojo a sus espaldas. Se notaba sobre él el peso de noches de maltrato y zozobra. Su ropa estaba desgastada y sucia, pero su semblante contrastaba con la imagen que uno pudiese llegar a tener de un niño callejero. Me explico: su cara no denotaba manía, soledad o tristeza, sino la firme convicción de que con un bolo se podía ganar el mundo. “Es la maravillosa ingenuidad de la que gozan los niños.”- me dije a mí mismo - “Si fuese realmente conciente de lo que hace, seguramente no estaría ahí.”.

Ya antes había visto algo similar pasar. La gente desamparada en esta ciudad coge bolos, cuchillos u otros objetos para hacer malabares enfrente de los autos mientras esperan el cambio a luz verde. En retribución al espectáculo, los conductores dan alguna moneda a la persona. Algunas lo hacen por lástima, otras por la incomodidad que representa no corresponder a alguien y unos pocos por reconocimiento a las ganas de ganarse “honradamente” el pan de cada día. De más está decir que la mayoría no otorga, porque no tiene para dar o por convicción propia de que aquello no les ayuda en nada. Yo era de estos últimos; de los que piensan a esta ayuda como poco más que un mimo pasajero. Al menos hasta ese día lo era.

Un niño con un solo bolo, ¿qué iba a hacer? "Le faltan al menos otros dos para hacer algún tipo de malabarismo digno de una limosna" pensé.

Miró fijamente el bolo en su mano, flexionó ambas piernas y con toda la fuerza que le permitió su brazo, tiró aquel objeto al aire sobre su cabeza. Siguiéndole con los ojos, el niño se movía de un lado a otro, intuyendo en qué dirección iba a caer el bolo para agarrarlo nuevamente. Cuando lo logró atrapar, tomó fuerzas nuevamente y con todo el odio que alcance a percibir en su cara, lo volvió a arrojar al aire.

Aquella escena me resultó tan compasiva como familiar. Dije para mis adentros “¿Cuántas veces no me he decido a tirar bolos yo enfrente de la gente, sin darme cuenta que probablemente tenga uno solo, como este niño? Si me percatara de ello, seguramente dejaría de hacer malabarismos en público por toda la vida.”, sin embargo él seguía ahí mismo frente a los autos, con ningún otro talento más (al menos aparente) que el de enfrentar a una vida que le ha deparado un comienzo de los más injustos. ¿Podría yo al menos emular aquel coraje si me diera cuenta de que cuento con un solo bolo y fuerza limitada para tirarlo sobre mi cabeza?

Con muchas más oportunidades para aprender y soñar que las de aquel niño, me di cuenta de algo que él al menos ya intuía: no se trata de la cantidad de bolos, sino de la voluntad de demostrar a esos conductores las ganas de vivir que uno tiene. Los talentos muchas veces no son aparentes a simple vista, es por ello que esta voluntad debe ser la punta de lanza del malabarismo. Sin ese apego a vivir plenamente como prólogo, el talento no encuentra plataforma sobre la cual se pueda proyectar. Sin esa voluntad el mundo no otorga, puesto que pierden interés en una habilidad depurada, pero carente de amor. Una habilidad magistral, pero sin ninguna otra cualidad que ser por un instante y que por tanto la deja desprovista ante el tiempo que transcurre y que seguirá siendo.

Después de los malabarismos y calculando el tiempo que le quedaba hasta que apareciera la luz vede, el niño se decidió a pedir limosna a los conductores. Unos lo ignoraron mirando fijamente al frente, otros le indicaron que no tenían cambio. Pocos le dieron alguna moneda. La escena me movió tanto que me olvidé de cruzar la calle, pero es que sencillamente no podía pasar por detrás de alguien que intenta ganarse la vida literalmente y pretender que es otra de esas cosas pasajeras de la avenida Pellegrini.

Cuando el semáforo se puso en verde, el niño se hizo a un lado para dejar pasar a sus espectadores. Debió haber tirado el bolo unas diez veces entre el cambio de luces. Esperó pacientemente al otro lado de donde yo estaba a que la luz se volviese a poner en rojo, así como también lo hice yo. Al cambiar el semáforo, fue al centro de la calle a comenzar el acto nuevamente. Me dirigí hacia él y le di el poco cambio que tenía en el bolsillo, luego seguí mi camino. Había logrado probarme que incluso mi caminar era pasajero y eso no lo podía dejar ir sin retribuirle algo.

La calle era Maipú, la hora las 6:30 p.m., la ciudad Rosario y el niño la lucha por no ser olvidado.