domingo, 18 de octubre de 2009

Historias por la avenida de los desencuentros III


Iba saliendo de la facultad luego de un día acortado por quienes se decidieron a hacer de los viernes un cuasi sábado. Bastará con decir que era un viernes cualquiera. No tan cualquiera como para dejarlo pasar, era un viernes de esos que saben a libertad enclaustrada. De esos mismos que parecen la antesala de la epítome existencial, pero que terminan siendo un cuarto más lleno de espejos.

Pero iba caminando, de eso estoy seguro; lo demás caía por su propio peso sin ser empujado sobre mi discernir: la gente paseando su vida por la calle, los perros siendo perros, el viento soplando indistintamente y llevándose consigo las últimas sobras del invierno. Lo demás comparado con mi caminar era pasajero, incluso las intersecciones de la avenida Pellegrini que iba cruzando sin reparar mucho en ello. Es por ello que estaba seguro que caminaba.

Al llegar al cruce de una calle, la cual no puedo recordar en estos momentos (total es pasajera), algo distrajo mi atención, por lo que me detuve. Un niño se encontraba a media calle de frente a los autos con un bolo en su mano y el semáforo en rojo a sus espaldas. Se notaba sobre él el peso de noches de maltrato y zozobra. Su ropa estaba desgastada y sucia, pero su semblante contrastaba con la imagen que uno pudiese llegar a tener de un niño callejero. Me explico: su cara no denotaba manía, soledad o tristeza, sino la firme convicción de que con un bolo se podía ganar el mundo. “Es la maravillosa ingenuidad de la que gozan los niños.”- me dije a mí mismo - “Si fuese realmente conciente de lo que hace, seguramente no estaría ahí.”.

Ya antes había visto algo similar pasar. La gente desamparada en esta ciudad coge bolos, cuchillos u otros objetos para hacer malabares enfrente de los autos mientras esperan el cambio a luz verde. En retribución al espectáculo, los conductores dan alguna moneda a la persona. Algunas lo hacen por lástima, otras por la incomodidad que representa no corresponder a alguien y unos pocos por reconocimiento a las ganas de ganarse “honradamente” el pan de cada día. De más está decir que la mayoría no otorga, porque no tiene para dar o por convicción propia de que aquello no les ayuda en nada. Yo era de estos últimos; de los que piensan a esta ayuda como poco más que un mimo pasajero. Al menos hasta ese día lo era.

Un niño con un solo bolo, ¿qué iba a hacer? "Le faltan al menos otros dos para hacer algún tipo de malabarismo digno de una limosna" pensé.

Miró fijamente el bolo en su mano, flexionó ambas piernas y con toda la fuerza que le permitió su brazo, tiró aquel objeto al aire sobre su cabeza. Siguiéndole con los ojos, el niño se movía de un lado a otro, intuyendo en qué dirección iba a caer el bolo para agarrarlo nuevamente. Cuando lo logró atrapar, tomó fuerzas nuevamente y con todo el odio que alcance a percibir en su cara, lo volvió a arrojar al aire.

Aquella escena me resultó tan compasiva como familiar. Dije para mis adentros “¿Cuántas veces no me he decido a tirar bolos yo enfrente de la gente, sin darme cuenta que probablemente tenga uno solo, como este niño? Si me percatara de ello, seguramente dejaría de hacer malabarismos en público por toda la vida.”, sin embargo él seguía ahí mismo frente a los autos, con ningún otro talento más (al menos aparente) que el de enfrentar a una vida que le ha deparado un comienzo de los más injustos. ¿Podría yo al menos emular aquel coraje si me diera cuenta de que cuento con un solo bolo y fuerza limitada para tirarlo sobre mi cabeza?

Con muchas más oportunidades para aprender y soñar que las de aquel niño, me di cuenta de algo que él al menos ya intuía: no se trata de la cantidad de bolos, sino de la voluntad de demostrar a esos conductores las ganas de vivir que uno tiene. Los talentos muchas veces no son aparentes a simple vista, es por ello que esta voluntad debe ser la punta de lanza del malabarismo. Sin ese apego a vivir plenamente como prólogo, el talento no encuentra plataforma sobre la cual se pueda proyectar. Sin esa voluntad el mundo no otorga, puesto que pierden interés en una habilidad depurada, pero carente de amor. Una habilidad magistral, pero sin ninguna otra cualidad que ser por un instante y que por tanto la deja desprovista ante el tiempo que transcurre y que seguirá siendo.

Después de los malabarismos y calculando el tiempo que le quedaba hasta que apareciera la luz vede, el niño se decidió a pedir limosna a los conductores. Unos lo ignoraron mirando fijamente al frente, otros le indicaron que no tenían cambio. Pocos le dieron alguna moneda. La escena me movió tanto que me olvidé de cruzar la calle, pero es que sencillamente no podía pasar por detrás de alguien que intenta ganarse la vida literalmente y pretender que es otra de esas cosas pasajeras de la avenida Pellegrini.

Cuando el semáforo se puso en verde, el niño se hizo a un lado para dejar pasar a sus espectadores. Debió haber tirado el bolo unas diez veces entre el cambio de luces. Esperó pacientemente al otro lado de donde yo estaba a que la luz se volviese a poner en rojo, así como también lo hice yo. Al cambiar el semáforo, fue al centro de la calle a comenzar el acto nuevamente. Me dirigí hacia él y le di el poco cambio que tenía en el bolsillo, luego seguí mi camino. Había logrado probarme que incluso mi caminar era pasajero y eso no lo podía dejar ir sin retribuirle algo.

La calle era Maipú, la hora las 6:30 p.m., la ciudad Rosario y el niño la lucha por no ser olvidado.


sábado, 18 de julio de 2009

Historias por la avenida de los desencuentros II

Venía saliendo de un edificio de departamentos de color azul y blanco. Al juzgar por la avenida en la que se encontraba, parecía ser de esos edificios en los cuales, entre más lejos se encuentre uno del piso, menos odio se encontrará en el espejo a la mañana. Juan debió calcular, por la apariencia de su rostro, que seguramente vivía más allá del séptimo piso. No había otra manera de explicar esa frescura matutina con la que se movía, al menos eso era lo que su subjetividad y hormonas le hacían pensar.

El semáforo debió haber cambiado un par de veces en lo que la chica del minuto guardó las llaves del apartamento y se despidió del portero. Juan mientras permanecía inmóvil mientras el ritmo de la vida diaria pasaba a su lado. Fue cuando ella llegó a la esquina que él se preparó para cruzar la calle "junto" con ella.

"Cruce" - Ambos cruzan Sarmiento. Juan lo hace aún anonadado, ella con la ingenuidad de una Venus de Milo. Al llegar al otro lado, la chica del minuto acelera un poco el ritmo mientras camina por la cuadra. Al ver esto, Juan decide seguirle el paso mirándola siempre de reojo para evitar algún encontronazo. Parecía como si cada uno, en lados opuestos de la cuadra, tratara de coordinar algún tipo de baile unilateral.

Si bien le era ya difícil a Juan mantener esta velocidad, más aún lo era tratar de coordinar sus pasos con otra persona. Encima, la cosa siempre se torna más difícil cuando la directora de la marcha no lleva un ritmo constante por falta de consideración o de virtuosismo. Es así que casi al final de la cuadra, entre aceleres y desaceleres, Juan decide dejar de emularle el ritmo a la chica. Al llegar al cruce nada ha cambiado: ella rompe el viento, mientras Juan trata de seguir su estela.
"Esto va mas alla del juego: es entender de sueños, de ideales. Seamos del color que seamos, todos los concretamos en algo y el fútbol suele sentirse cómodo en esa labor..."

Me van a tener que disculpar- Eduardo Sacheri


Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones aceptadas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el solo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.

Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota.

Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.

No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.

No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.

El no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.

Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre los argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos. Los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores, nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso y digo alguna sandez al estilo de Y, no sé, habría que pensarlo; o tal vez arriesgo un vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta;. Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones para ellos.

Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las ínfimas traiciones tan propias de nosotros, los mortales. Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como la hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la que mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en el que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta el presente, he mantenido en secreto. Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del que no debió moverse, porque era el exacto lugar en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí.

Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos. Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta.

Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumulada en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio “te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros”. Así que están ahí los tipos. Los once tuyos y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.

Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va ese tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y, aunque sea, les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.

Hasta ahí, eso sólo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeás porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga “bueno, es suficiente, me doy por hecho”, hay más. Porque el tipo, además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.

Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero van sintiendo un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante. Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar luego los ojos hacia el cielo. Y hace bien en mirar al cielo, porque no sé si sabe, pero ahí están todos, todos los que no pueden mirarlo por la tele ni comerse los codos.

Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable. Así que, señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que suponen debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque, ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó opto por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida, yo conservo el deber de la memoria…

lunes, 15 de junio de 2009

1:26 a.m. ¿Tengo algo para escribir? Tengo mucho: bibliotecas enteras de penas, enciclopedias de complejos, libros de las fobias más idiotas que alguien jamás pudo haber tenido. Es un alivio ser tan imperfecto, al menos eso me da para desahogarme con el golpe de cada tecla y no lo quisiera de otra manera. A la vez, me hace darme cuenta que no hay gente que llegue a indagar o a crear lo que yo logro hacer de mis miedos, complejos y teorías. Debe haber algo más en mi... ojalá lo halla. Ojalá y la vida solo este por empezar, porque la expectativa es demasiado grande y se alimenta cada noche de sueños y esperanzas.

1:33 a.m. ¿Tengo algo para escribir? Tengo lo de siempre improvisado, como diría Arjona.

martes, 19 de mayo de 2009

Esperaré llamar atardeciendo

En el resplandor del día encuentro tu sonrisa. Es inevitable, es como encontrarte en la salida de cada uno de mis pensamientos, es sentir como la adrenalina recorre mi cuerpo cada vez que tu mirada perpleja cruza la mía... y lo único que puedo hacer es mirar hacia otro lado; pretender que fue una brisa la que hizo posar mis ojos en ti.

¿Por qué habría de mirarte? Soy solo un triste viajante en el vagón del fondo, deseando que su pasaje sea hacia el éxito, mientras tú ya te encuentras reclamando lo que te merece ahí. ¿Quién soy para mirarte? Me arrastro mientras tu vuelas con gracia por encima de ti misma. ¿Quién soy yo para imaginar que tienes para mí miradas furtivas? Bendita es la ignorancia y atrevida la esperanza.

A la par tuya, soy el pedazo de nada que le hace falta al todo. Lógico es pues que lo que te sobre, a mí me llene: tus sonrisas, tus risas, tu sola silueta, una mirada por el rabillo de tu ojo... el aliento que se te va en cada paso y que me hace decir, sin lugar a dudas, que hay milagros que existen, respiran, caminan y sobre todo, danzan con gracia a la luz de mi asombro.

Que el tiempo que nos queda me sirva para recoger los pedazos de ti que se impregnan en mis sueños... que las coincidencias coincidan y te hagan encontrar esta carta clandestina. En definitiva, que mi vida de vuelta en capicúa y encuentre su claro... que las coincidencias coincidan y tengas para mi una carta similar.

Ahora no tengo otra necesidad, esperaré llamar atardeciendo.


F. El mismo de ayer, con intención de quedarse.

Historias por la avenida de los desencuentros I

"La cuadra tiene 100 metros. Caminando una cuadra cada 90 noventa segundos, debería estar ahí antes de que comience la clase" pensaba, mientras su mochila bailoteaba a su lado, como una pareja de baile indeseada. El día pintaba bien, de salir todo como tendría, acabaría igual que ayer. Mientras se pudiese anticipar al eventual cambio a luz roja de los semaforos, llegaría a tiempo.

Frases celebres, el reporte del tiempo y noticias amarillistas revoloteaban los pensamientos de Juan. Luego de haber caminado unas seis cuadras, se detuvo frente a un cruce; las cintas se habían salido de los zapatos. No, no necesitaba amarrarlos, bastaba con agarrar las cintas y depositarlas denuevo adentro del calzado. Se rehusaba a amarrarse los cordones no por comodidad, probablamente como cábala o tal vez por miedo a verse atado a cualquier cosa.... la verdad nisiquiera él lo entendía. Si pudiese definirlo probablemente se diera cuenta de la estupidez que ello representa y amarraría sus cordones. Sin embargo prefería, mientras no lo supiese, tenerlo presente como un misterio. Era así como Juan llenaba su cabeza con teorías durante esos segundos que le tomaba pararse de nuevo, voltear a ver si viene un auto y seguir caminando. Tal vez así sentía que hablaba con alguien mientras caminaba.

Fue cuando Juan se paró y volteó a ver si venía un auto que algo captó su atención del otro lado de la calle, ahí estaba ella... la chica de las 7:45 a.m. había llegado a tiempo. Era el tipo de mujer que hacía que un idiota como él hubiese decidido un día, después de perder el colectivo y tener que ir a pie a la facultad, ir caminando de ahí en adelante. Vestía casual como todos los días, unos jeans ajustados, remera azul, tenis desgastados y unos libros de facultad. De saber su nombre seguramente le hubiese construido un podio en su imaginación... mientras le durara la incertibumbre, seguiría siendo aquella chica que danzaba con sus teorías neopredeterministas mientras caminaba hacia su facultad ( las teorías de Juan claro está, ella al contrario tenía talante de ser brillante). Era ella la razón más hermosa que existía para tener que sudar una caminata de media hora.

Continuará... espero

domingo, 15 de marzo de 2009

...y aún no has venido

Como quisiera que vinieras en este momento a rescatarme de mi propia incompetencia para comprenderme. No sé si me ayudarías a divisar la causa de lo que siento, pero estoy seguro que la desvanecerías. ¿Por qué no vienes? ¿Será acaso que no sabes del hilo de plata que une mi satisfacción a tu silueta? Es probable que alguna necesidad te ocupe de momento. Ya sea por desentendimiento o por imposibilidad, no logro perdonarte el que no hayas aparecido aún. Quedan unos minutos… ilumíname o elimíname.

No, no me basta que estén aquí todos. De alguna manera no encuentro consuelo en la colectividad, hay un vacío en mí que no logran llenar. Puedo hacerte caso y distraerme pensando  en todo lo demás que tengo, pero no quita el hecho que algo hace falta: yo mismo. No puedo pensar en mí sin pasar por ti… maldito infortunio. ¿Quién ha querido ligar lo más preciado que tengo a tu voluntad?

Todos llaman a la puerta… no puedo abrirla de golpe, si lo hiciera no fuese a mí a quien visitaran, mi corazón y mi alma no están dentro de mi cuerpo. De seguro  les contestaría mi automatizado sentido de educación.