martes, 17 de agosto de 2010

Engranajes culposos

Te odio, me detesto y me disculpo. No hay otra manera en que estas tres frases pueden ser usadas de una manera más poco ética y sin sentido. Pero la verdad es que nuna quise ser un ejemplo y tiene más sentido no tenerlo, que desbordar lucidez a cada momento. No es una excusa o una justificación... es simplemente la manera en la que he encontrado que el engranaje de mi existencia funciona.

Te culpo por todo en cuanto no has hecho. Tu imagen evoca a mi mente tanta prolijidad, que cuando caes en deuda conmigo no encuentro razón para justificarte.

Después del odio viene la inevitable inflexión. Es ahí cuando caigo en la cuenta del retrato inmaculado e irreal que me formé... y no me queda más que detestarme. Por ti, por mi y mi habilidad de crear espirales de supuestos. Me odio porque soy yo y nadie más.

Me disculpo por inercia. Para que tenga sentido dar un paso más. Porque mi instinto me dice que no pasará mucho para que te odie otra vez.

Jugando demencialmente a inventarnos

Todo comparado a tu silueta es pasajero. Seguro no será porque tu estancia sea cuasi perpetua, más bien se debe a que de alguna manera he alargado la esencia de tu ser en cada uno de mis futuros pasos.

Pero aún jugando a inventar la historia más loca de todas pierdo contra mí mismo... por mi miedo a soñar demasiado. Por el miedo a verme enredado en mis propios quereres y caer en la cuenta, de nuevo, que lo inalcanzable es la droga de mi alma y tu aroma el aperitivo que da cabida a las fantasías más bellas y dolorosas que puedan sostener una hoja de papel, cuando me dan ganas de culparte por todo y ponerlo por escrito... como ahora.

Quiero escucharte decir lo inimaginable... que de alguna manera tu corazón lata a otro ritmo y te decantes por esta locura lúcida y desesperanzadora... mejor lo dejamos acá, antes que me toque caer de más alto.

Una pausa

¿Cuántas veces existe la pausa en nuestras vidas? En un mundo tan ajetreado como en el que vivimos pocas veces tenemos la oportunidad de detenernos un momento para encontrarnos con nosotros mismos y tomarnos un té en compañía de nuestra historia.


La semana antepasada tuve uno de esos momentos. Nadie me podía tocar, nadie me veía… era yo con mi espíritu al desnudo frente a una taza de té, tratando de explicarme a mí mismo. Tratando de pretender hallar explicación alguna a la serie de acciones que me tienen donde estoy. Con cada minuto que pasaba iba hilando cada una de las dediciones que recordaba y aceptaba. Aquellas que no quería reconocer se perdían en el limbo de la negación.


Al final llegué a una conclusión: sí pude haber sido mejor, pude haber estado con alguien, pude haber saltado las barreras de lo imposible… pero cuando tropecé con esas nociones (porque no llegan a ser ideas), me conforme con tomarme una taza de té y olvidar tales absurdos. Y es que de nada sirve poder hacer algo, puesto que siempre a la frase se le antepondrá la dosis de arrepentimiento necesaria para creer, por unos segundos, que la próxima vez que semejante cosa pase, podré recuperar la decisión perdida. Me digo desde ahora: tal cosa es imposible. Las olas vienen y van tal cual, y no existirá una igual que la otra. Puede que sepa a lo mismo o nos haga sentir de idéntica manera… pero no ES aquella única chance.


Por mí mismo y mi futuro me conviene dejar eso de lado y tomar responsabilidad de lo que soy responsable: de mi presente. El pasado es una noción vaga e inaprensible. El futuro es una consecuencia de consecuencias, cada una menos inocua que la anterior. Con lo cual la aproximación más sensible que puedo hacer al futuro es el presente. Desde aquí lo diviso y desde aquí mismo lo ejecuto. Dos en uno, cuerpo y espíritu; el estado de derecho humano cuando las reglas y las limitaciones son olvidadas.