jueves, 25 de noviembre de 2010

Emotivismo



El emotivismo... la naturaleza del espíritu humano al revés.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Caminar es más que solo eso

De donde vengo, caminar puede ser señal de pobreza o de lujo. Es así, solo los pobres caminan a donde tienen que ir; los pudientes lo hacen para ejercitarse. En ningún momento recuerdo haberlo visto como la representación de la humanidad misma. Durante mi estancia en este país no he parado de preguntarme por qué el mío está como está (o sea, mal). No fue hasta la semana pasada que finalmente me alcanzó una aproximación a la respuesta: en El Salvador no caminamos.

Y es que caminar es mucho más que caminar. Es sentir la fricción de una realidad debajo de nosotros, que nos hace darnos cuenta que cada paso que damos requiere del impulso necesario; requiere en definitiva de sueños. Es ampliar la burbuja de nuestro mundo para dejar entrar el de los demás. Es enfrentar las miradas de la gente y decidir una a una si ignorar que están ahí, esquivarla decididamente o devoverla. Es ser movido por el infortunio de otros, lo suficiente para dedicarles un pensamiento, palabra o limosna (al caso, vienen a ser lo mismo).

Lo dicho, en mi país no caminamos. Vamos en nuestros vehículos, ensimismados y sobrados de nuestras necesidades. Nos sustraemos de las necesidades de los demás, sumamos nuestros problemas, dividimos culpas y como resultado multiplicamos la infelicidad. Lo que hacemos ni siquiera resulta en una fórmula con sentido, pero es la única que conocemos. Aún y cuando creemos que somos felices, no logramos darnos cuenta de la infelicidad que provocamos en los que nos rodean con lo que dejamos de hacer. ¡Sí, sorpresa! lo que no haces influye en el universo tanto o más que lo que haces. Si bien es difícil darse cuenta de esto y pedir perdón por lo que no se hace, la manera más próxima que tenemos de escrudiñar la cuestión es reconocer nuestros círculos de influencia como postula Domènec Melé (todos los hombres somos organizaciones al final), para luego tener una chance más grande de multiplicar la felicidad. Reconocer estos círculos de influencia requiere que caminemos.

¿Qué propongo entonces? ¿Cambiar la organización de la ciudad? ¿Reformar el código municipal de construcción? Quien no entendió que quiero decir más de lo que me permite la palabra, le recomiendo hacer analogía a la última vez que se quedó sin aliento o palabras frente a algo. No, propongo que en mi país nos bajemos de nuestro vehículo para tener un contacto más directo con la realidad que vivimos y así tengamos una mejor oportunidad de enmendar tantos sinsentidos. Ahora, quien no entendió que caminar es más que caminar, le aconsejo que se baje de su vehículo (en la forma en la que se presente) y relea los párrafos anteriores.

Ojo, no vengo de hablar con Zaratustra en la montaña y no vivo en el paraíso para poder hacer contrastes. He podido encontrar una cosa que no hacemos y cuál es el resultado cuando se hace (si bien o mal es irrelevante, puesto que cuando se trata de amar, ya se está amando). Vivo en un país con defectos como el que más, al que en todo caso le hace falta aún aprender a caminar descalzo. Pero como en todo proceso es necesario pasar por cada una de las fases, propongo que nos dispongamos primero nosotros a caminar, con miras a algún día transitar la realidad descalzos, sin barreras, protecciones o aproximaciones a lo que son las cosas y cuales son las necesidades de los demás en realidad.