Al fuego en la antiguedad se le consideró como algo sagrado y solemne. Representaba aquella luz y calor que se dispersaba en el hogar de la familia y que solo podía ser compartido con aquellas personas que se amaban. Era signo indistinto de luz y oscuridad, pero más que eso, de un límite entre lo que se conoce y lo que se intuye, y aún más, de una entrada al mundo de los mitos y la superstición, es decir de lo sagrado. Hoy pareciera que hablar de lo sagrado es retrógrado. Pero entonces, ¿fue solo un artificio lo que Prometeo nos dio? ¿Nos sirvió únicamente para inventar cuentos sobre lo que no podíamos explicar? ¿Nos impidió usar el método científico para encontrar las causas naturales y las relaciones existentes en el universo?
Como muchas de las cosas que se nos han concedido, nos ha tomado un tiempo encontrar el uso correcto de esta herramienta. La conciencia de lo sagrado no tuvo nunca que estar en la vía de la ciencia. Ergo, que nos haya tomado un tiempo entender lo anterior, no quiere decir que tengamos que aguar el fuego de Prometeo.
El ser humano necesita de límites para saber quién es. Quien todo lo puede, se ve en la condición de ser todo y nada a la vez; quien no conoce límites abarca todo el universo de posibilidades y pierde individualidad. La pérdida del fuego ( lo sagrado) no lleva más que a deificar al hombre y a hacerlo prisionero de sus propias dudas. Dudas que le llevan a cuestionarse quién es y por qué lo que hace no le satisface, lo que finalmente le lleva a la alienación. Me parece que nuestra sociedad poco a poco se ve arrastrada hacia el vórtice de sus propias anemias sociales e individuales.
¿Cómo sabemos en qué creer entonces para no entorpecer el conocimiento causal del universo? Ese tema lo reservo para otro escrito. Poco a poco iremos deshilando la cuestión.
Los dioses no son tontos y conocían muy bien la naturaleza humana. Aquella que le lleva muchas veces a confrontar dos dimensiones, porque la intersección entre ambas le es difícil de tratar. La misma que, siendo limitada, necesita de siglos para entenderse a sí misma, y unos cuantos siglos más cuando descubre en sí algo nuevo. Prometeo no pecó de ingenuo, pero si de fanático. Esperaba que algún día pudiésemos dominar el fuego y entenderlo, apostó a la inteligencia y voluntad humana para hacerlo, mientras que los dioses apostaron a nuestro afán por el conflicto. En esta carrera llamada historia, veremos cual se impone y hasta donde nos deja llegar. En 'cinco' (¿qué?) estamos ahí Prometeo... sigue creyendo.
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